A la sombra de Francisco Antonio estuvo su hermano José Ignacio, nueve años menor, con quien compartió la cuna yarumaleña y las muchas privaciones materiales vividas en el hogar paterno. Posteriormente se encontraron en Medellín, en donde lo acompañó por un tiempo, pues Francisco Antonio viajó primero a Bogotá en 1897 y luego a Europa entre mayo de 1898 y enero de 1901, cuando de nuevo reiniciaron actividades conjuntas hasta su temprana y trágica muerte en 1905. Precisamente al momento de su deceso se trató de reconocer su trayectoria, valorar sus méritos y deslindarlo de su hermano mayor: “Para hacer elogio de Ignacio no basta decir que, siendo hermano de F. A. Cano —el gran artista de la Montaña— nunca se vio chiquito a su lado. Si como hermanos vivieron siempre unidos por el más íntimo cariño, como artistas se complementaban y formaban una sola personalidad” (La Prensa, 75, 1905). Pero esto no fue suficiente para el reconocimiento posterior, pues poco se sabe de él, de su obra y del aporte específico a la historia cultural y urbana de Medellín. Hoy, apenas se tiene un recuerdo tenue o lejano.